El viernes de la semana pasada fue el sellamiento de Cielo y Abish, así que después de salir del templo y tomar las respectivas fotos, todos (o al menos yo) estábamos a la espera de las indicaciones más importantes... ¡A dónde ir a cenar! Así que ese viernes por la noche nos embarcamos en la misión de llegar con vida a través del tráfico y las reparaciones que están haciendo en todas las calles a la Chilaquiloteca.
Me consideraba una buena fan de los chilaquiles, pero durante los primeros meses de mi embarazo algo pasó dentro de mí que rechazaba rotundamente y con gran decisión cualquier contacto (hasta del tercer tipo) con esas deliciosas tortillas fritas y remojadas en salsa. Hasta el más sutil de los olores me provocaba... cosas muy feas.
Afortunadamente y para mi satisfacción, me di cuenta de que esa fase ya ha terminado y puedo volver a probar los chilaquiles (en todas sus variantes como los ricos molletes o las exquisitas tortas) con toda confianza.
El lugar está bastante mono... un poquito hipster y como todo buen comercio que está a la moda, tiene su menú escrito con gises de colores en las paredes.
En realidad hubiera preferido mil veces que mis frijoles fueran negros :( pero no se puede tener todo en la vida.
Familia, amigos y colados
Pero nuestra aventura con la comida no terminó ahí (¡por fortuna!) pues al otro día Marytere nos invitó a Izcalli (nominado por nosotros para pueblo mágico) por unos helados.
Marytere insiste en que en las fotos debo posar sosteniendo mi panza, para que parezca embarazada y no sólo que he comido de más.
En el parque donde están los helados también hay un lago con patos.
Ese día en la noche era la fiesta para celebrar la boda (la boda que duró mil días) y antes de regresar a Tlane, todos insistimos en que debíamos comer algo porque ya no tendríamos tiempo hasta la noche. Es por esa razón que terminamos comiendo tacos borrachos, orgullosamente originarios de Izcalli según Fer.
(La cena en la fiesta fue de tacos al pastor... por si se lo preguntaban)





















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