POR LOS NUEVOS COMIENZOS

by - enero 11, 2017



Cada vez que inicia un nuevo año, todos (o la mayoría) nos contagiamos de esa esperanza que trae consigo el primero de enero: una nueva oportunidad, una forma de olvidar los errores de los 365 días pasados, el deseo de ser más parecidos a lo que en nuestra mente es nuestro "yo ideal" y el entusiasmo de ese olor a nuevo y fresco que creemos percibir. No sé si realmente sea una gran oportunidad de cambio, o solo una ilusión que alentamos para descubrir, tan solo algunos días o semanas después, que ya no estamos tan seguros o decididos a seguir adelante con nuestros alucinantes cambios. La frase "¡Este es mi año!" se va rezagando hasta quedar almacenada junto con los otros "¡Este es mi año!" de años pasados.

Ya desde hace algunos años dejé de participar en la ceremonia tradicional de las 12 uvas a la media noche del año nuevo y tal vez corro el riesgo de parecer amargada o pesimista, pero no es caso (o al menos eso espero). Quizá más bien me he vuelto un poco escéptica al respecto. Ya no recuerdo si fue el año pasado o el anterior que no quise siquiera pensar en algunos propósitos para el año nuevo, pero en estos primeros días del mes, me he tomado algún tiempo para meditar acerca del año pasado: Fue increíble, fue una locura y fue, a ratos, caótico. Así es la vida. También me tomé la libertad de pensar en mi y en si soy lo que debería ser a estas alturas de la vida.

Además de la llegada del año nuevo que celebramos en enero, siempre se acerca corriendo tan solo unas semanas después mi cumpleaños. Mañana cumplo 27 años y a decir verdad, nunca creí que tendría tantos. Con lo anterior no me refiero a un deseo de no envejecer, sé que algún día tendré 40, 60 y 80, pero en realidad nuca pensé que llegaría tan rápido al momento en el que siento que debería ser "más adulta" y a pesar de que jamás me entregaré de nuevo a metas irreales como bajar 15 kg en febrero o cambiar todo mi guardarropa en la siguiente quincena, creo que es tiempo de entregarme un poco a la adultez que me corresponde.

Uno de mis propósitos de año nuevo es ser más optimista, o al menos, menos pesimista. Quisiera ser una mejor madre y esposa. Quisiera que mi casa estuviera más ordenada y también que el tiempo que paso con Helena fuera de mayor calidad. A veces quisiera ser un robot programado para cumplir a la perfección con las labores de ser esposa, madre y ama de casa. Un robot al que no le afectara el cansancio, el dolor, el clima o la flojera. A veces siento que soy super poderosa y que puedo tachar todos mis pendientes de la lista durante la siesta de Helena por las tardes, y hay otros días en los que  pongo changuitos para que Helena duerma 5 horas seguidas pues solo quiero entregar mi existencia a Netflix.

Necesito encontrar un equilibrio y necesito encontrar la forma de mantenerme motivada. ¡Ah! pero también aparece en la ecuación la palabra comparación, esa que muchas veces me aqueja. La comparación de mi persona o mi vida con las personas que me rodean, o peor aún, con personas que ni siquiera conozco. Otra de mis metas importantes, por salud mental, es dejar de compararme con personas en las redes sociales que no conozco y probablemente nunca conoceré. Nadie es perfecto, lo sé pero debo recordarlo más a menudo. Nadie es perfecto y nadie debería ser perfecto. No deberíamos juzgarnos a nosotros mismos o a los demás por ello.

A la conclusión que he llegado tras algunos días de meditación es que no soy perfecta y que probablemente no me convertiré en un robot este año, pero sé que mi pequeña familia me ama y no esperan de mi perfección, solo amor, solo mi mejor esfuerzo. Por eso ahora más que nunca sé que vale la pena esforzarme, pues es lo menos que puedo hacer por mí y por ellos. Y con el riesgo de sonar súper cursi, al menos por ahora, me siento motivada a hacerlo y hasta creo que lo puedo lograr.

¡Feliz año nuevo, que este sea mejor que el anterior!... o al menos, hay que intentarlo.


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